Por: Joe Urbina
La historia del deporte del ciclismo suele medirse en segundos, medallas y trofeos. Sin embargo, existen relatos que no se escribieron en las metas de llegada, sino en la clandestinidad del valor humano. Uno de esos relatos es el de Gino Bartali, el ciclista italiano que no solo conquistó las cumbres del Tour de Francia, sino que escaló las montañas de la ética en el momento más oscuro de la historia moderna.
Gino Bartali fue un legendario ciclista italiano, conocido como «Gino el Pio» por su fe en Dios a través del catolicismo. Nació el 18 de julio de 1914 en Ponte a Ema, Florencia, Italia, y falleció el 5 de mayo de 2000 a los 85 años.
Fue un ciclista súper famoso por 19 años (1935-1954) y campeón del Giro de Italia y del Tour de Francia, ganando el Giro en 1936, 1937 y 1946, y el Tour en 1938 y 1948. Sin embargo, su legado va más allá de sus logros deportivos. Durante la Segunda Guerra Mundial, Bartali se unió a la resistencia italiana y ayudó a salvar a más de 800 judíos italianos de la persecución nazi.
Un campeón bajo sospecha
A finales de la década de 1930, Bartali era el ídolo de Italia. Apodado «El Hombre de Hierro», por su resistencia física la cual era legendaria. Pero mientras el régimen fascista intentaba utilizar sus victorias como propaganda, Bartali guardaba un secreto que le habría costado la vida.
En medio del escenario de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), el expansionismo Alemán, el Holocausto Nazi y la dictadura en Italia de Benito Mussolini, aliado del dictador Adolf Hitler, Bartali recorría cientos de kilómetros entre Florencia y Asís bajo la apariencia de extenuantes jornadas de entrenamiento. Lo que nadie sospechaba era que, dentro de los tubos de su bicicleta, transportaba documentos de identidad falsificados para familias judías perseguidas por el nazismo.
El pedal como herramienta de resistencia
Bartali salvó a más de 800 judíos italianos. Cuando la policía lo detenía en los puestos de control, pedía que no tocaran su bicicleta, argumentando que estaba calibrada con precisión matemática para el máximo rendimiento. Su fama fue su escudo, y su bicicleta, su vehículo de liberación.
Es imposible no trazar un paralelismo con nuestro Roberto Clemente. Ambos representan una estirpe de atletas que entendieron que la gloria deportiva es efímera si no se pone al servicio de la dignidad humana. Si Clemente murió entregando ayuda humanitaria, Bartali vivió arriesgando su vida en cada pedalada clandestina. Ambos transformaron el transporte —un avión, una bicicleta— en un puente hacia la supervivencia del prójimo.
El bien se hace, pero no se dice
Lo más impresionante de Bartali no fue solo su valentía, sino su humildad. Durante décadas, guardó silencio sobre sus acciones. Para él, ayudar no era una estrategia de relaciones públicas, sino un imperativo moral. «El bien se hace, pero no se dice», solía decir. No fue hasta después de su muerte en el año 2000 que el mundo conoció la magnitud de su heroísmo, siendo reconocido en 2013 como «Justo entre las Naciones» por Yad Vashem, la institución oficial de Israel constituida en memoria de las víctimas del Holocausto. Está ubicada en el Monte del Recuerdo en Jerusalén y es mucho más que un museo; es el Centro Mundial para la Conmemoración de la Shoá. Su nombre proviene de un versículo bíblico del profeta Isaías (56:5): «Yo les daré… un lugar y un nombre [un Yad Vashem]… que nunca será olvidado».
Lección para el presente
Hoy, cuando hablamos de ciclismo en Puerto Rico, a menudo nos enfocamos en la seguridad vial, el ciclismo urbano, el deporte o en la recreación. La historia de Bartali nos recuerda que el ciclista es un agente de cambio. Cada vez que salimos a la carretera, llevamos con nosotros la responsabilidad de ser ciudadanos activos.
Bartali nos enseña que no importa qué tan empinada sea la cuesta, la verdadera victoria es la que se logra en favor de la vida.
Que su ejemplo nos inspire a todos, deportistas o no, a entender que nuestra mayor competencia no es contra los demás, sino contra la violencia, injusticia e indiferencia. Porque, como bien nos enseñó Gino, el pedalazo más importante es aquel que se da por la justicia.