Por: Joe Urbina
Planificación territorial para ciudades más humanas
La ciudad no es solo un entramado de carreteras: es el escenario donde transcurre la vida cotidiana. Durante décadas, el diseño urbano en Puerto Rico priorizó el flujo vehicular por encima de la experiencia humana, bajo la premisa de que más asfalto equivalía a más progreso. Sin embargo, los ejemplos de las antiguas marginales de Miramar y de Isla Verde demuestran que la reinvención del espacio público no consiste en quitar, sino en reasignar para multiplicar oportunidades.
Dos modelos de ciudad: el antes y el después
Los food trucks no son un fenómeno nuevo; lo novedoso es el concepto de food truck park. Lo que durante años fue la marginal de la avenida Baldorioty de Castro, frente a la Laguna del Condado en Miramar, es un claro ejemplo de cómo un espacio puede quedar atrapado en un uso que, con el tiempo, se vuelve insostenible.
Esa vía, concebida originalmente como infraestructura vial secundaria, terminó concentrando comercio informal, ruido, congestión, desperdicios y contaminación ambiental. Desde la década de 1960, los quioscos y food trucks de la zona marcaron una época histórica del jangueo boricua, convirtiéndose en punto de encuentro nocturno y escenario de eventos multitudinarios, como los tradicionales fuegos artificiales del 4 de julio.
No obstante, esa misma popularidad generó lo que en planificación urbana se conoce como congestión inducida: miles de personas desplazándose hacia un solo punto, colapsando tanto el sistema vial como el entorno natural. Un espacio que fue social y cultural terminó siendo ambiental y funcionalmente insostenible.
De marginal vehicular a corredor de movilidad activa
El cambio respondió a una visión de planificación territorial orientada a la reconversión urbana y al cambio de uso del suelo. Como parte de la revitalización del Distrito de Convenciones y de la limpieza visual de la entrada al Viejo San Juan, se decidió devolver ese espacio a la gente.
El resultado fue la transformación de una marginal vehicular en un corredor de movilidad activa que conecta el suroeste del Condado con el Viejo San Juan, priorizando al peatón y al ciclista. No se trató de eliminar la economía, sino de reorganizarla: los pequeños comerciantes se reubicaron de forma orgánica en la marginal del Balneario de Isla Verde, en Carolina.
Posteriormente, el Municipio de Carolina adoptó una decisión similar, reinventando el espacio frente al balneario y dejando atrás su función predominantemente comercial para darle un uso recreativo, peatonal y ciclista.
Donde antes había autos, hoy hay ciudad
Esta transformación no fue meramente estética. Representó una reinvención total del espacio público, donde una infraestructura diseñada para el automóvil pasó a servir al bienestar ciudadano.
Donde antes predominaban el asfalto caliente, el humo de escape y el desorden vehicular, hoy encontramos:
-
Ciclovías seguras que fomentan el transporte libre de emisiones y conectan comunidades.
-
Paseos peatonales que promueven la actividad física, reducen el estrés y permiten disfrutar del paisaje costero.
-
Descentralización económica, ya que la actividad comercial no desapareció, sino que se redistribuyó en plazas y espacios formales en San Juan, Carolina y otros municipios de la Isla. Este proceso dio paso al modelo de food truck parks que hoy vemos replicado en todo Puerto Rico.
La creación de ciclovías en espacios públicos no es una tendencia reciente: es un proceso que lleva más de cuatro décadas desarrollándose, aunque de manera lenta y enfrentando múltiples resistencias.
¿Por qué ganar espacio para la gente?
La reconversión de estas marginales confirma una verdad fundamental del urbanismo contemporáneo: planificar para autos crea carriles; planificar para personas crea ciudades humanas. Cambiar el uso del suelo de uno exclusivamente vehicular a uno recreativo y social mejora la calidad del aire, la salud pública, la seguridad vial y devuelve la escala humana a la ciudad.
Muchas de estas transformaciones enfrentaron oposición en su momento. Lo mismo ocurrió con espacios que hoy son motivo de orgullo colectivo. El terreno donde hoy se levanta el Coliseo José Miguel Agrelot, en Hato Rey, fue en su día la barriada Tokio. Su transformación también fue controversial, pero hoy es un símbolo de desarrollo urbano.
Toda intervención genera impacto; el objetivo no es el daño cero —algo imposible— sino el menor impacto posible, respetando el ambiente y priorizando el bienestar humano. Las ciudades modernas no se miden por la cantidad de vehículos que pueden mover, sino por la cantidad de personas que pueden movilizar y la calidad de vida que ofrecen.
La reinvención del espacio público nos recuerda que menos autos no significa menos ciudad, sino, esencialmente, más vida urbana, más salud y más humanidad.