El reciente estallido de protestas en Irán ha dejado una cifra escalofriante: más de 3.000 muertos y más de 22.000 detenidos según la Agencia de Noticias de Activistas de Derechos Humanos (HRANA). Lo que comenzó como una reacción ante la profunda crisis económica se transformó rápidamente en un reclamo generalizado por cambios políticos. El líder supremo, Alí Jameneí, ha atribuido la violencia a la injerencia de Estados Unidos e Israel y ha declarado que no permitirá que “criminales nacionales o internacionales queden impunes”.
Es importante entender que Irán vive una tensión histórica: el régimen clerical mantiene un control férreo sobre la sociedad, mientras que la ciudadanía exige derechos y un futuro más estable. Acusar a Trump o a otros gobiernos extranjeros puede ser una estrategia política para reforzar la legitimidad interna, pero no elimina las responsabilidades sobre la represión interna ni las muertes de manifestantes. La historia demuestra que culpar al enemigo exterior a menudo oscurece los problemas que nacen dentro del país mismo.
Entre la represión y la justicia
El fiscal general iraní ha advertido de severos castigos para quienes participaron en las protestas, utilizando el término “mohareb”, que en la ley islámica equivale a declarar la guerra contra Dios y conlleva la pena de muerte. Esta respuesta ejemplifica cómo los regímenes autoritarios tienden a criminalizar la disidencia, reforzando el miedo y silenciando la sociedad civil.
Desde un punto de vista de derechos humanos, la proporción entre manifestantes muertos y el uso de la fuerza deja interrogantes inquietantes. Más de 2.800 de los fallecidos eran ciudadanos que protestaban, no combatientes armados. Esto evidencia un uso desproporcionado de la violencia y plantea la necesidad de mecanismos internacionales de control y supervisión para que el Estado no actúe con impunidad.
Cómo avanzar hacia soluciones reales
Resolver esta crisis no puede reducirse a intercambios de acusaciones entre Irán y Estados Unidos ni a medidas represivas internas. Se necesitan caminos de diálogo y reformas profundas que respondan a las necesidades de la población. Políticas económicas justas, acceso a educación y salud, y respeto a la libertad de expresión serían pasos para reconstruir la confianza entre ciudadanía y autoridades.
También es crucial fortalecer los canales de información independientes. Los datos confiables permiten que la comunidad internacional y la propia sociedad iraní comprendan la magnitud de la crisis y presionen por cambios. La metáfora del fuego que quema por dentro aplica aquí: ignorar la chispa del descontento solo asegura que el incendio social se intensifique.
Sin duda, el conflicto en Irán no es únicamente un choque entre gobiernos, sino un espejo que refleja las tensiones entre poder y derechos ciudadanos. Ignorar este equilibrio es poner la sociedad en la cuerda floja de la violencia y el miedo. La salida requiere valentía política y responsabilidad ética, tanto dentro como fuera del país.
Fuente y artículo original: mundiario