Por Joe Urbina
Presentador del programa radial Todo Ciclismo, presidente de la Asociación de Ciclismo de Puerto Rico y promotor de las ciudades sostenibles.
La historia del deporte está repleta de pioneros, pero pocos han tenido que pedalear contra una corriente tan feroz como Marshall Walter “Major” Taylor (1878–1932). A finales del siglo XIX, cuando el ciclismo en pista (track cycling) era el deporte más popular, lucrativo y masivo del planeta, este atleta estadounidense rompió todas las barreras imaginables para convertirse en el primer afroamericano en coronarse campeón mundial en cualquier disciplina deportiva y el segundo atleta negro en la historia mundial, solo después del boxeador canadiense George Dixon.
El origen de un apodo legendario
Nacido en la pobreza en Indianápolis, Taylor recibió su primera bicicleta como un regalo que cambiaría su destino. Siendo apenas un adolescente, comenzó a trabajar en una tienda de bicicletas local. Su tarea consistía en realizar asombrosas acrobacias en la acera para atraer a los clientes, vistiendo un uniforme militar improvisado. Fascinados por su destreza y su vestimenta, el público y sus amigos comenzaron a llamarlo “Major”, un apodo que se convirtió en su marca de guerra en los velódromos del mundo.
Rompiendo récords a piñón fijo
Taylor poseía una velocidad pura y un instinto para el sprint que desconcertaban a sus rivales. En una época en la que las bicicletas eran de piñón fijo, no tenían frenos y las pistas de madera exigían una precisión milimétrica y un coraje absoluto, el joven ciclista demostró un dominio abrumador en las distancias cortas, estableciendo múltiples récords mundiales.
El punto culminante de su temprano ascenso llegó en 1899, cuando, con solo 20 años de edad, hizo historia al coronarse campeón del mundo en la prueba de sprint de una milla en Montreal, Canadá.
El ciclismo bajo el peso del racismo y la segregación
Sin embargo, el éxito de “Major” Taylor no solo se midió en cronómetros, sino también en la brutal hostilidad que tuvo que enfrentar dentro y fuera de la pista durante la era de las leyes de segregación Jim Crow en Estados Unidos.
El racismo sistémico intentó frenarlo de todas las formas posibles. El sindicato de ciclistas blancos (League of American Wheelmen) llegó a prohibir que los corredores negros compitieran en eventos amateur, obligándolo a dar el salto al profesionalismo a muy temprana edad. Además, en múltiples ocasiones, los promotores de los estados del sur le negaron la entrada a los velódromos.
En la pista, la situación era aún más peligrosa. Sus rivales blancos solían conspirar para “encajonarlo” contra la baranda, cerrarle el paso deliberadamente o provocarle caídas. El episodio más oscuro ocurrió en Boston, donde un competidor lo derribó violentamente después de cruzar la meta y lo asfixió en el suelo hasta dejarlo inconsciente.
Ante este ambiente asfixiante, Taylor encontró un refugio y una consagración definitiva en Europa y Australia. Allí fue recibido como una auténtica celebridad, llenando velódromos históricos y derrotando a los campeones locales en un ambiente de profundo respeto que su propio país le negaba.
La raíz del cambio en el deporte norteamericano
La historia de racismo en el deporte estadounidense sufrida por Major Taylor es una de las más extremas, pioneras e invisibilizadas por una razón cronológica: él lo enfrentó todo medio siglo antes que los demás. Cuando pensamos en el racismo en el deporte de EE. UU., los nombres que siempre vienen a la mente son:
- Jackie Robinson (1947): rompió la barrera del color en las Grandes Ligas de Béisbol.
- Jesse Owens (1936): desafió a Hitler en los Juegos Olímpicos de Berlín.
- Muhammad Ali (década de 1960): marcó una época con sus batallas políticas y por los derechos civiles.
Pero cuando todos ellos nacieron, Major Taylor ya había sido campeón del mundo. Él abrió el camino completamente solo en 1899, en el momento más oscuro y violento de la segregación de la posguerra civil en Estados Unidos.
Hay tres factores que hacen que su caso sea único en la historia del racismo deportivo:
1. Enfrentó la violencia física directa en plena competencia. A diferencia de Jackie Robinson, a quien le gritaban insultos o le lanzaban pelotazos, a Major Taylor sus rivales lo derribaban deliberadamente a 40 millas por hora sobre pistas de madera y lo agredían físicamente en el suelo para evitar que ganara. Su vida corría peligro real en cada vuelta.
2. El bloqueo fue institucional. Era el propio sindicato del ciclismo (League of American Wheelmen) el que modificaba las reglas para impedir que los ciclistas negros compitieran, obligándolo a pasar al profesionalismo sin protección.
3. Competía en el deporte rey de su época. El ciclismo en 1900 no era un deporte secundario; era comparable al impacto global que hoy tienen la Fórmula 1 o el fútbol. Que un hombre negro dominara la disciplina más lucrativa y tecnológica del planeta desafiaba por completo la narrativa de supremacía blanca que predominaba en la época.
Si bien historias como la de Jackie Robinson son hoy más conocidas por el impacto de la televisión y la era moderna, la de Major Taylor es la raíz de todas ellas. Él fue el primer atleta negro que obligó al liderazgo deportivo blanco a enfrentar de frente su propio racismo.
Una postura inquebrantable
Más allá de su potencia física, Taylor era un hombre de profundas convicciones religiosas. A pesar de las inmensas sumas de dinero que le ofrecían los promotores, mantuvo siempre la firme promesa de no competir los domingos, lo que lo llevó a renunciar a grandes campeonatos y cuantiosos premios a lo largo de su carrera, priorizando sus valores por encima de la riqueza.
El triste final y un legado rescatado
A pesar de haber sido uno de los atletas mejor pagados de su tiempo, la combinación de malas inversiones, los estragos de la Gran Depresión y el deterioro de su salud lo llevaron a pasar sus últimos años en la pobreza. Falleció a los 53 años en Chicago y fue enterrado en una tumba sin nombre. Décadas después, un grupo de entusiastas del ciclismo, con el apoyo económico de la marca Schwinn, exhumó sus restos para darle la sepultura digna que merecía.
Hoy, la figura de Major Taylor ha resurgido con fuerza gracias a la literatura y el cine, rescatando su historia para las nuevas generaciones.
En la literatura: destacan su autobiografía de 1928, The Fastest Bicycle Rider in the World; la aclamada biografía de Michael Kranish (2019), The World’s Fastest Man; y la novela gráfica de Frederick Noland (2023), que lleva su historia al formato del cómic.
En la pantalla: su vida inspiró la miniserie dramática Tracks of Glory (1992), centrada en su histórica gira por Australia en 1903. Asimismo, la cadena PBS estrenó el documental Major Taylor: Champion of the Race (2024), con la voz del reconocido músico de jazz Branford Marsalis narrando las memorias del ciclista. Además, actualmente existen proyectos cinematográficos en desarrollo en Estados Unidos que buscan llevar su historia a la gran pantalla con producciones de gran presupuesto.
Marshall “Major” Taylor no solo abrió el camino para las futuras generaciones de atletas afroamericanos en todas las disciplinas, sino que dejó una lección imperecedera: la verdadera grandeza no consiste únicamente en ser el más rápido, sino en mantener la dignidad intacta frente a la adversidad más feroz.
Nota: Mi agradecimiento al ciclista y amigo Ricardo Correa por traer a mi atención la extraordinaria historia de Major Taylor para la realización de este artículo.