Trump eleva la presión por Groenlandia y amenaza con aranceles a los países que no respalden su plan

17/01/2026
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Donald Trump, presidente de EE UU. / White House

La cuestión de Groenlandia ha pasado de ser una idea controvertida a convertirse en un eje explícito de la política exterior de Donald Trump. La amenaza de imponer aranceles a quienes no respalden los planes de Washington introduce un elemento nuevo y delicado: la instrumentalización del comercio internacional para forzar alineamientos políticos entre aliados.

“Podría imponer aranceles a los países que no apoyen a Groenlandia, porque necesitamos Groenlandia para la seguridad nacional”, avisó el mandatario en un encuentro con agricultores para abordar la sanidad en el medio rural.

El presidente estadounidense justificó su postura con un argumento recurrente en su discurso: la seguridad nacional. Según Trump, el control de Groenlandia es clave para los intereses estratégicos de EE UU en el Ártico, una región cada vez más disputada por el deshielo, las rutas marítimas emergentes y el acceso a recursos críticos como tierras raras y minerales estratégicos.

Desde su regreso a la Casa Blanca en enero de 2025, Trump ha convertido los aranceles en una herramienta central de presión diplomática. Ya los ha utilizado frente a socios comerciales occidentales como la UE, Brasil o aliados estratégicos como la India, y ahora plantea extender esa lógica al conflicto político en torno a Groenlandia. La novedad no es solo la amenaza en sí, sino el destinatario implícito: países aliados, muchos de ellos miembros de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y socios históricos de Washington.

Dinamarca y Europa, línea roja sobre la soberanía

La reacción europea ha sido firme, pero sin estridencias. Dinamarca, de quien depende el territorio autónomo de Groenlandia, ha reiterado que la soberanía de la isla es una “línea roja”. Las autoridades danesas y groenlandesas han rechazado cualquier escenario de compra, anexión o control forzado, y han subrayado que el futuro de la isla debe decidirlo su propia población. “Lo hemos dejado muy claro: la soberanía del Reino es una línea roja. Uno no puede comprar ni apoderarse de Groenlandia. En 2026 estaremos comerciando entre la gente, no con la gente”, escribió el ministro de Exteriores danés, el moderado Lars Lokke Rasmussen.

A esta posición se han sumado otros países europeos, que han reforzado su presencia militar en Groenlandia y el Ártico como gesto de respaldo político y de disuasión. Francia, Alemania, Reino Unido, Suecia, Noruega, Finlandia y Países Bajos han mostrado su disposición a colaborar en la seguridad regional con el envío de una misión militar enmarcada en la Operación Resistencia Ártica, sin aceptar las pretensiones estadounidenses sobre la soberanía del territorio.

El endurecimiento del discurso de Trump no cuenta con un respaldo unánime dentro de su propio país. Una delegación bipartidista del Congreso estadounidense se ha desplazado a Dinamarca con el objetivo explícito de rebajar “la retórica” y dejar claro que una parte significativa del Legislativo se opone a la anexión de Groenlandia, ya sea por compra o por presión política.

Voces republicanas y demócratas han advertido del riesgo de erosionar la confianza de aliados clave y de debilitar la cohesión de la OTAN en un momento de creciente inestabilidad internacional. Incluso figuras históricas del Partido Republicano han alertado de que insistir en esta vía podría tener un coste político y estratégico mayor que sus hipotéticos beneficios.

Seguridad, recursos y narrativa estratégica

La Casa Blanca defiende que su interés por Groenlandia responde a una visión de largo plazo: contener la influencia de China y Rusia en el Ártico y garantizar el acceso a recursos estratégicos. El enviado especial para Groenlandia y también gobernador de Luisiana, Jeff Landry, ha insistido en la necesidad de una “asociación” más estrecha con la isla y ha planteado mejoras económicas y sociales para su población a cambio de una mayor presencia estadounidense.

Sin embargo, la negativa a dialogar directamente con las autoridades locales y el énfasis en presionar a terceros países refuerzan la percepción de una estrategia unilateral, difícil de encajar en los marcos habituales de cooperación internacional.

La amenaza de aranceles por Groenlandia no es solo un episodio más del estilo confrontativo de Trump. Marca un punto de inflexión en la relación entre comercio, alianzas y seguridad. Si se materializa, podría sentar un precedente en el uso de medidas económicas contra aliados por desacuerdos políticos, con efectos imprevisibles para la estabilidad del sistema internacional.

En el corto plazo, el pulso parece destinado a intensificar la tensión entre Washington y sus socios europeos. A medio plazo, plantea una pregunta de fondo: hasta qué punto la política exterior estadounidense está dispuesta a sacrificar consensos históricos en nombre de una concepción expansiva de la seguridad nacional.

Crédito y artículo original en mundiario

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