Después de más de un cuarto de siglo de negociaciones, retrocesos y silencios diplomáticos, la Unión Europea y el Mercosur firmaron este sábado un acuerdo que va mucho más allá de los aranceles. El pacto que crea la mayor zona de libre comercio del planeta no solo une a 31 países y a más de 700 millones de consumidores: también se presenta como una declaración política en un mundo tensionado por la vuelta del proteccionismo estadounidense bajo el liderazgo de Donald Trump.
La escena elegida para la firma, el Teatro José Asunción Flores del Banco Central de Paraguay, no fue casual. Tampoco lo fueron las palabras de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, al subrayar que Europa “elige el comercio justo sobre los aranceles” y “la asociación de largo plazo sobre el aislamiento”. El mensaje tenía un destinatario claro. Ese mismo día, Trump anunciaba nuevos aranceles del 25% para los países que participen en maniobras militares en Groenlandia, un gesto que refuerza su visión transaccional y coercitiva de las relaciones internacionales.
El acuerdo UE–Mercosur nace, así, como una respuesta estratégica a un clima global cada vez más hostil para el libre comercio. Frente a la lógica del castigo y la amenaza, Bruselas y las capitales sudamericanas optan por la previsibilidad, las reglas comunes y el multilateralismo. No es solo una cuestión económica: es una forma de posicionarse en el tablero geopolítico.
Las cifras explican la magnitud del pacto. El texto prevé la eliminación de aranceles en torno al 92% de los intercambios comerciales en un plazo máximo de 15 años, con cuotas y salvaguardas para los sectores más sensibles. Las empresas europeas ganan acceso preferencial a un mercado de 270 millones de personas; las sudamericanas, a uno de 450 millones. En conjunto, el bloque suma un PIB cercano a los 2,9 billones de dólares. Pero reducir el acuerdo a números sería perder de vista su verdadero significado.
Un pacto económico con alma política
El tratado llega en un momento en el que la globalización atraviesa una crisis de legitimidad. Las guerras comerciales, las sanciones unilaterales y el uso del comercio como arma política se han vuelto moneda corriente. En ese contexto, Mercosur y la UE reivindican una idea que parecía en retirada: que abrir mercados puede ser una herramienta de estabilidad y no una amenaza.
Para Europa, el acuerdo es también una forma de recuperar influencia en una región que ha ido girando hacia China como principal socio comercial. Para Mercosur, supone diversificar dependencias y reducir su vulnerabilidad frente a los vaivenes de Washington o Pekín. Ambos bloques se necesitan, aunque no siempre lo admitan en público.
Trump como catalizador involuntario
Paradójicamente, la política comercial agresiva de Trump actuó como acelerador de un acuerdo que llevaba años empantanado. La amenaza constante de nuevos aranceles y el desprecio explícito por los marcos multilaterales empujaron a Bruselas y a las capitales sudamericanas a cerrar filas. El mensaje implícito es claro: cuando Estados Unidos se repliega, otros ocupan el espacio.
No es casual que António Costa, presidente del Consejo Europeo, insistiera en que “si queremos prosperidad debemos abrir los mercados y no cerrarlos”. La frase funciona como una enmienda directa a la visión trumpista del comercio internacional.
Las ausencias y las tensiones internas
La firma también dejó al descubierto las fracturas políticas dentro del Mercosur. La ausencia del presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, fue tan comentada como elocuente. Su mala relación con el argentino Javier Milei y el malestar por el retraso europeo en la firma explican una silla vacía que pesó más que muchos discursos.
Milei, aliado ideológico de Trump pero defensor acérrimo del libre comercio, encarna una de las paradojas del momento: afinidad política con Washington y, al mismo tiempo, apuesta estratégica por un acuerdo que contradice el giro proteccionista estadounidense.
Nada está garantizado. El acuerdo debe ser ratificado por el Parlamento Europeo y por los congresos de los países del Mercosur. En Europa, el sector agropecuario ya prepara su ofensiva contra un texto que percibe como una amenaza. Las protestas y la judicialización están sobre la mesa.
Sin embargo, el simbolismo del acuerdo ya ha surtido efecto. En un mundo de fronteras que se cierran y discursos que dividen, la UE y el Mercosur han optado por un gesto contracorriente.
Por María P. Martínez @mundiario